
Jusqu'au fond du goufre
Autor: Corentin Queffélec.
I. Padirac, o el río del diablo.
II. Monstruos antediluvianos y cavernas gigantes.
III. Un drama en los montes Tatras.
I. Padirac, o el río del diablo
Padirac es un formidable negocio comercial y el lugar por donde desfilan, cada día, millares de visitantes aturdidos; es una etapa obligada en la ruta del Rosellón, a dos pasos de la "kermesse" de un Rocamadour salvado de los años para desvanecerse en el tumulto banal del turismo.
En Padirac, la piedra y el agua, domesticadas, alternan con el cemento y la electricidad, para ofrecer al visitante la imagen de un mundo apuntalado, en el que la sorpresa ha muerto. La aventura se ha refugiado en la carta del restaurante troglodita. Pero Padirac es también la sede de más de 70 años de lucha contra once kilómetros de un río subterráneo fantástico, salvaje y magnífico.
Padirac es la aventura de un hombre; Padirac es Guy de Lavaur...
Una leyenda de Quercy cuenta que la sima se abrió bajo ej talón del Diablo, con ocasión de un reto lanzado a San Martín. El demonio puso en juego un cargamento de almas condenadas, que conducía al infierno, y desafió al santo a franquear con su montura el abismo que acababa de abrir.
La mula saltó valientemente el abismo con la ayuda del Señor, y el diablo perdió su apuesta y se lanzó al fondo de la sima para regresar a los infiernos.
Después de la Guerra de los Cien Años, parece que un teso ro inglés, encerrado en una piel de becerro, fue escondido en Padirac. Eterna historia del Becerro de Oro que nadie en cuentra jamás. Pero la tradición perduraría y, cuando Martel compró la caverna, sus antiguos propietarios se reservaron parte del tesoro, para el caso de un posterior descubrimiento.
La sima fue visitada en el siglo XVI (se encuentran vestigios de construcciones pertenecientes a dicha época) y las crónicas de aquel siglo dicen que la gente iba a Padirac a recoger salitre. Hacia el año 1865, el pozo fue explorado por algunas personas que descendieron -o fueron descendidas- con la ayuda de una gran canasta. Pero es a Martel, el iniciador de la espeleología francesa, a quien debemos la primera autén- tica exploración de Padirac.
La sima tenía que tentar al gran explorador: este pozo gigantesco, de 32 metros de anchura por 75 m de profundidad, abriendo sus fauces en la Causse y a 345 metros de altura es, sin duda, uno de los más impresionantes que nos es dado contemplar. Y en 1889, no había en estos parajes ningún ascensor eléctrico para uso de damas de frágil tobillo.
De 1889 a 1900, se sucedieron seis expediciones a la sima, con el correspondiente acarreo de pesados equipos, que no tenían nada en común con lo que estamos acostumbrados en nuestros días. Las escaleras de cuerda, con enormes barrotes de madera, pesaban diez veces más que nuestros modernos aparejos metálicos. Los botes neumáticos se desconocían por entonces, y las embarcaciones de tela y madera se desgarraban al menor contacto con los duros salientes rocosos. Las reparaciones eran imposibles.
A lo sumo, y no sin dificultad, se podía taponar una grieta, siempre que se tratara de una leve vía de agua, echándole
puñados de tierra arcillosa. En aquel tiempo, tampoco se conocía la iluminación con lámparas de carburo y las baterías eléctricas eran demasiado pesadas; por consiguiente, no quedaba otro recurso que servirse de la llama temblorosa de las velas para guiarse a través de las más inmensas cavernas.
En 1889, cuando Martel desciende por primera vez a la sima, lo hace siguiendo una áspera y pronunciada pendiente, que le conduce hasta el río subterráneo. Y, en seguida, des-cubre lo que se convertirá en la pesadilla de los espeleólogos modernos. El río aparece entrecortado por niveles cuya profundidad varía de La 8 metros, limitados por edificios calcáreos conteniendo cada uno un estanque de agua embalsada ("gours"), algunos de los cuales presentan alturas de varios metros. Ante cada uno de ellos es preciso atracar la embarcación, desembarcar, hacerla descender hasta el estanque inferior, reembarcar, navegar algunos metros y volver a repetir idéntica operación en el obstáculo siguiente.
Sin embargo, en su primera incursión a Padirac, Martel descubre 1.500 metros de río subterráneo, interrumpidos por 33 "gours" y múltiples baños forzados, y seguidos a su regreso — por la dura prueba de los setenta metros de escalada, en escalera de cuerda.
En 1890, Martel descubre la Sala de la Gran Cúpula (Salle du Grand Dome), a mitad del camino recorrido el año anterior y se detiene para explorarla.
A fines de 1889, ya muy fatigado, se enfrentó con una extensión de agua, de un centenar de metros, y, al final, con una inmensa depresión estalagmítica —"la Grande Barri è re"— ante la cual se frustraría un nuevo intento de penetración, en 1896.
En 1899, una expedición dirigida por el padre Albe, descubre en ese lugar un estrecho laminador ("gatera"), erizado de surcos, y reencuentra el río a un nivel 20 metros más bajo. Con una maniobra muy arriesgada, la pequeña embarcación es izada sobre la barrera, empujada a través de la angostura, descendida sobre el estanque, en dirección a la corriente del río... y la exploración continúa para detenerse, esta vez muy en serio, ante un formidable caos de escombros.
¡Se habían ganado 170 metros!
En 1881, Martel progresa algunas decenas de metros y, en fin, en 1900, durante su última campaña en Padirac, se detiene, después de una postrera penetración de 180 metros, sobre un estanque del río que parece cerrado por todos lados, por paredes sin resquicio; pero a pesar de ello, el río desaparece por una abertura en sifón: la Riviére du Fuseau (o Río del Huso).
Se necesitaron diez años y cinco expediciones para ganar algunos centenares de metros, al precio de esfuerzos desmesurados.
Las exploraciones aventureras de los pioneros quedaban así cerradas, y Padirac esperaba a otros hombres y otros equipos para ceder parte de su secreto.
1937
Por espacio de 37 años, a instancias de Martel, la red hidrográfica de Padirac permanece inexplorada. Pero cuando el maestro llega al término de su vida ejemplar, una nueva generación de investigadores subterráneos ha tomado ya el relevo.
En 1930, Robert de Joly había renovado la técnica de la exploración, creando la escalerilla metálica ligera y las técnicas de seguridad. Nuevos y eficaces sistemas de iluminación y botes neumáticos concebidos exprofeso, han multiplicado las posibilidades de los nuevos equipos, sólidos y bien entrenados.
Norbert Casteret se ilustra en las grutas pirenaicas, en las que crea la espeleología utilitaria, poniendo su talento al
servicio de las investigaciones hidrológicas de la Electricité de Frunce.
En 1937 la "Société du Puits de Padirac" ofrece a Guy de Lavaur la ocasión de ver las galerías exploradas por Martel, inaccesibles desde hacía 37 años.
Sin esperar un momento, o sea, al día siguiente, acompañado de R. de Candolle, Guy de Lavaur se lanza al río, a bordo de una ligera canoa, y alcanza rápidamente la Gran Barrera, término de la expedición de 1896. No sin emoción, descubre las huellas de pasos, las huellas de manos cubiertas de barro, las señales de los remos y palanquetas y, más lejos, la inscripción de los nombres de los pioneros, milagrosamente preservados, a pesar de las avenidas torrenciales que se dan anualmente en el río Padirac.
Dos días más tarde, después de grabar en su memoria el plano de Martel, regresa al lugar con el mismo compañero de equipo, provisto esta vez de una buena canoa biplaza.
Ambos franquean la Gran Barrera y se aventuran por el Río del Huso hasta alcanzar la barrera concrecionaría donde se detuvo Martel.
Al precio de una difícil escalada sobre paredes cubiertas de hielo, Guy de Lavaur descubre un pasillo que acaba hundiéndose en un nuevo estanque. Sin cuerda ni escalerillas, la expedición se detiene en ese lugar, pero como diría el propio espeleólogo, "Padirac continúa".
Al día siguiente, una nueva y corta progresión le conduce hasta otra barrera: una depresión estalagmítica desciende desde la bóveda y se hunde profundamente en el agua. El balance, de nuevo, sólo arroja algunas decenas de metros más allá del término alcanzado en 1900.
1938
Una nueva expedición ligera compuesta, además de Guy de Lavaur, por Robert de Joly y Gilbert Barri è re, descubre una "vire" elevada, por la que se progresa arrastrándose y con una pierna colgando en el vacío.
Este paso delicado y muy expuesto, franqueado en primer lugar por Robert de Joly, da acceso a una nueva vía, y después a un pasillo repleto de concreciones que se han desgajado de la masa. Más allá hay una pequeña cascada, después un brazo de río y, finalmente, un nuevo obstáculo de calcita, la Barrera de Joly. En 18 horas, esta expedición ligera ha gana do menos de 200 metros.
1947
La guerra interrumpe las operaciones en Padirac. En 1947 el infatigable de Lavaur dirige un nuevo equipo al interior de la sima. El río ha desaparecido inexplicablemente, y los desgraciados espeleólogos tienen que habérselas con una espesa capa de arcilla empapada, que paraliza cada uno de movimientos y sobrecarga la indumentaria y el material con kilogramos de barro viscoso.
El sifón de la Barrera de Joly, vaciado, puede ser franqueado arrastrándose, pero de nuevo los espeleólogos se enfrentan con una zona cubierta de barro, en la que se hunden miserablemente. En esta ocasión, sin embargo, se encuentran en terreno inexplorado. Mas, la fatiga acumulada se hace notar y, cuando una nueva barrera de concreción les vuelve a detener, necesitan hacer acopio de una enorme determinación, para intentar una nueva escalada a lo largo de una inestable pared arcillosa. Después de atléticos esfuerzos, encuentran un paso que conduce a un gigantesco amontonamiento de material de derrumbe, que bautizan con el nombre de Gran Caos, y que termina, siguiendo el lecho seco del río, en un acantilado vertical. Desde ese lugar se domina el agua límpida del río, nuevamente descubierto.
Pero el material —canoa, escalerillas y cuerdas— se ha quedado en lo alto de la "gatera", en la Barrera de Joly. Y lo que es mucho peor, los víveres y las reservas de iluminación se han quedado en la zona límite alcanzada en 1938... y una operación de avituallamiento duraría demasiado tiempo. De mala gana, de Lavaur ordena el regreso.
Se trata de una decepción que nosotros hemos vivido a menudo bajo tierra. En el umbral de un paso delicado o difícil, la tentación es fuerte y uno se siente inclinado a deslastrar para proseguir la marcha. Pero siempre llega un momento en que la falta de material se hace sentir, en el que se paga muy caro un instante de imprevisión.
De ese modo la expedición de 1947 se detuvo 150 metros más allá del término alcanzado en 1938. Sin embargo, se había encontrado la llave que permitiría, un año más tarde, dar un formidable salto.
Además se sacaron inestimables enseñanzas y era preciso revisar todo el material. Las canoas de desembarco, muy pesadas y con 12 compartimientos de inflación; los sacos estancos de un peso aplastante; los víveres almacenados, bajo la forma de ración K de combate y de la que los antiguos militares sólo hablan con espanto, todo había contribuido a hacer penosa la prospección. El transporte de los sacos, a través de la fangosa arcilla, dejó sobre todo un terrible recuerdo en el ánimo de cada participante. Jamás olvidarán que en deter minados lugares no podían avanzar más allá de 50 metros por hora.
La estación de 1947 terminó con una coloración de las aguas del río subterráneo. La fluoresceína echada en el agua, el 22 de julio, apareció el 4 de noviembre en la fuente de Lombard, en el circo montañoso de Monvalent, y el 11 de noviembre en la Fontaine de St. Georges, confirmando la existencia de un recorrido subterráneo de 11 kilómetros, aproximadamente.
A partir de 1947, Lavaur se apasiona por la exploración de los sifones. Después de las dramáticas tentativas de Cousteau, Taillez, Dumas y Morandiére, en la Fontaine de Vaucluse en 1946, de Lavaur sentó las bases técnicas de la inmersión subterránea y creó un material de iluminación y de protección muy adelantado para su época, del que la inmersión autónoma deportiva se ha beneficiado directamente. Desde 1948, parale lamente a sus incursiones en la Sima de Padirac, de Lavaur atacó el problema de la resurgencia, en la Fontaine de St. Georges. Y sus primeras inmersiones son de una audacia que deja sin aliento.
El 18 de julio, provisto de una escafandra autónoma y de un traje protector de goma cauchutada, que acaba de fabri car, descubre el fondo del pilón de la Fontaine, a 12 metros de profundidad: un estrecho conducto, abierto entre dos estratos separados por sesenta centímetros.
Se desliza, sin pensarlo dos veces, por el interior de esta "gatera", apenas suficientemente amplia para dejarle paso. Después de una última ojeada a su espalda, donde resplan dece un contraluz luminoso en el agua de cristal y las plantas acuáticas, se deja resbalar, zigzaguendo a través de un lami nador lo bastante ancho, pero muy bajo, contorneando blo ques caídos y navegando entre las marmitas de erosión y las aceradas láminas rocosas.
Hacia -40 metros, el corredor se abre, formando una especie de cámara, pero el roce del cable se hace tan intenso que ha de renunciar a seguir hacia adelante. En ese instante, vive la increíble experiencia de encontrarse con un grupo de peces blancos, tal vez ciegos, pero en todo caso tan indife rentes a su presencia, que dos de ellos chocan a su paso contra el espeleólogo. Otras dramáticas inmersiones en la re surgencia de St. Georges, confirmarán que no se encontraba allí la llave del río de Padirac, protegida por un sifón infran queable.
Pero la era de las incursiones rápidas y de pequeños equipos a Padirac quedaba cerrada. En 1947, después de dos operaciones con pertrechos, el equipo de punta había trabajado por espacio de 36 horas, para lograr el corto avance que ya conocemos.
En 1948 con la ayuda del Spéléo Club de París y de su presidente Félix Trombe, más el apoyo de la Marina, Guy de Lavaur prepara una expedición pesada y muy poderosa.
A partir del 20 de julio, las montañas de material se amontonan a la luz del día: 18 botescanoa, picos, barrenas, material de camping, de cocina, de iluminación, de telecomunición y planchas de madera, destinadas a soportar las tiendas sobre un suelo irregular y desigual.
Todo este material, según se previó, estaba destinado a ser trasladado al Gran Caos (punto límite de 1947), donde se construiría el campamento base.
En la práctica, el arreglo de los pasos delicados y el transporte de las pesadas cargas, exigieron cuatro viajes preparatorios y el concurso de cuarenta personas, y fue preciso contentarse con situar el campamento base no lejos del punto límite de 1937, en la Barrera de Goulet.
Finalmente, el 28 de julio, un equipo de punta que comprendía naturalmente a de Lavaur, se pone en marcha hacia el Gran Caos, con la misión de atravesarlo sin detenerse. Le siguen otros dos equipos, para levantar un campamento en el Gran Caos y mantenerse dispuestos para tomar el relevo.
Asimismo, un equipo de topógrafos y un grupo de fotógrafos inician sus relevos. De ese modo, como ha escrito de Lavaur, por la inmensa caverna se observa por doquier el hormigueo de hombres pesadamente cargados, progresando con dificultad a través de la arcilla empapada, o sobre las amenazadoras pendientes de las barreras estalagmíticas, na vegando sobre el azaroso río, y todos ellos encargados de misiones a menudo penosas y oscuras, pero esenciales al éxito de la empresa.
El equipo de punta integra a la élite de la espeleología y el alpinismo francés. Algunos de esos hombres han tomado parte en expediciones de asalto al Himalaya y el Cáucaso. Pero después de 24 horas de esfuerzos agotadores, esos hombres experimentados renuncian a llegar al Gran Caos. No obstante, su esfuerzo no ha sido baldío: han estado trabajando para allanar sucesivas dificultades.
El 31 de julio, Trombe conduce a su equipo al asalto del Gran Caos, lo atraviesa, alcanza el lecho inferior del río subterráneo y explora un kilómetro, metro más o menos, de nuevas galerías.
La siguiente oleada de espeleólogos, progresa 500 metros más allá de ese punto. Finalmente, el equipo de topógrafos consigue llegar 200 metros más lejos, hasta una vasta sala donde el río desaparece en un vertedero de 30 metros de profundidad, que se prolonga hasta donde alcanza la vista a través de una enorme galería fósil.
1949
La expedición de 1948 había avanzado considerablemente, pero se detuvo por el desgaste de los hombres y el material.
Además, el mismo principio de la expedición pesada y fuertemente estructurada, cargada con una enorme masa de material, tenía que ser objeto de revisión. Por el contrario, la expedición ligera, como las que se organizaron de 1889 a 1947, era incapaz de aportar ganancias apreciables sobre el terreno, debido a que las operaciones de enlace resultaban demasiado prolongadas. Por tanto, se hacía necesario encon trar una solución de compromiso. Y Guy de Lavaur, encargado por la Société du Puits de Padirac de organizar una nueva tentativa en 1949, se atuvo al programa siguiente:
— Establecimiento de un campamento base
a 2.600 metros de la Sima, punto límite
de 1947: 24 horas.
Repaso y preparativos: 12 horas.
Travesía de las galerías 1948, y exploración: 24 horas.
Descanso y levantamiento de la base: 12 horas.
Regreso a la superficie: 24 horas.
En total, la expedición no debía pasar de 4 días, sin cuya condición la carga límite, ya aplastante, de 25 a 30 kg por hombre, botescanoa no comprendidos, resultaría insuficiente.
La admirable reseña que Guy de Lavaur ha escrito sobre esta aventura, es uno de los textos más exaltantes de toda la literatura espeleológica. Las pesadas cargas; el alucinante universo del barro (el infierno de Padirac), que engulle las últimas fuerzas de los hombres, hundidos en una ganga viscosa, donde más de uno se abandona y se duerme al instante; las escaladas acrobáticas sobre paredes que no sostienen ninguna clavija; los baños helados, que agotan las últimas energías; las marchas de 24 horas, que los más robustos terminan como espectros titubeantes; las noches fantasmagóricas, en las que los nervios estallan, llevando a algunos compañeros al borde de la depresión, todo esto es Padirac.
Pero hay también los vivacs y las comidas improvisadas, cuando el fondo de los bolsillos todavía contiene alimentos, con los cuales se componen festines absurdos, por no decir ridículos e incongruentes. Y hay asimismo las narraciones del veterano de cinco expediciones, para quien cada paso despierta el recuerdo de un momento dramático, el gesto amistoso de un compañero, el desfallecimiento de un novato que, en seguida, es asistido fraternalmente, los festines pantagruélicos después de la salida del laberinto y, por encima de todo, la expresión púdica y contenida, de la alegría maravillosa e indescriptible del explorador, en una aventura tan grande. Padirac es esto a través de la pluma de Guy de Lavaur.
La expedición de 1949 representó un considerable avance de casi 500 metros, habida cuenta de las dificultades, y condujo a una enorme galería, objetivo de la expedición de 1951.
1951
Guy de Lavaur divide el personal disponible en dos grupos. El primero, de apoyo, equipará todos los pasos difíciles; instalará un campamento base, y repatriará el material al término de la operación. El segundo, se encargará de realizar un avan ce eficaz, más allá del punto límite alcanzado en 1949.
La rápida progresión es debida, principalmente, al nivel elevado del río, que permite navegar cómodamente, en más de un punto anteriormente impracticable. La ganancia temporal se cifra en decenas de horas, y el equipo, después de un vivac inconfortable, llega bien pronto a la patria desconocida. Pero esta vez, la ganancia en penetración es muy pequeña, y esta expedición, la menos afortunada sin duda desde 1937, se dispersa a través de galerías inferiores, cortadas por pozos impracticables, verdaderas marmitas de gigantes, y no consigue descubrir la continuación de Padirac.
1962
La expedición de 1962 ha revolucionado la técnica de la exploración en Padirac. El Spéléo Club de París, encargado de la organización, comprendió que era necesario romper con la tradición sacrosanta del camping, incluso aligerado, si de veras se quería ir de prisa, condición esencial para ir lejos. Así que se olvidó cuanto se había hecho, para poner a punto un equipo ultraligero, concebido en función de las condi ciones espartanas aceptadas al partir.
Los exploradores que en 1951 habían traído consigo una auténtica guardarropía, se contentaron, en 1962, con un solo par de zapatos y ropas interiores de recambio, una colchoneta y un saco de dormir. En esta expedición, sólo se contó con un colchón neumático para dos hombres, reemplazándose el otro colchón por una canoa biplaza, o un bote neumático vuelto del revés. Los chalecos flotadores de corcho, tan pesados después de una inmersión, fueron reemplazados por ligeras indumentarias de nylon, con alveolos de aireación en las berlinas de plástico. Por supuesto, se renunció a la comodidad del camping bajo la tienda, para dormir al aire libre. En total, la expedición duró desde el 21 al 27 de agosto, pero fue precedida de un reconocimiento rápido, durante las vacaciones de Pascua, para equipar los pasos más difíciles y ensayar el nuevo método.
El 21 de agosto todo el equipo se concentra, después de las 22 horas, en el kilómetro Trombe, cerca del término de la prolongada expedición de 1948.
El día 22 el equipo de punta avanza casi hasta el término 1949 (alcanzado en 5 horas), y vivaquea en una galería cuyo suelo es tan atormentado, que los espeleólogos han de dispersarse hasta un centenar de metros para encontrar emplazamientos aceptables.
Después de 9 horas de sueño, el equipo de punta se levanta el día 23, hacia las 10 horas. En una hora, alcanza el término 51. Son las 14 h. 30. A las 15 h el inventario del caos de pozos y de marmitas señalado en 1951 está concluido.
Una escalada para la que se había construido y aportado especialmente un mástil de aluminio, se realiza en pocos minutos... y sin el mástil. Pero, enfrente mismo, se abre una gran galería, cuyo fondo comunica con los pozos anteriormente reconocidos. Es como la señal para una especie de ca rrera triunfal, que llevará al equipo, a las 22 h 10, hasta el sifón terminal, después de una sucesión de mareas de agua, de caos, de descensos rápidos, un recorrido a lomos de un río activo y una comida apresurada (tomada sobre una lonja estrecha de unos dos metros cuadrados), donde los once hambrientos espeleólogos se apretujan de pie, con apenas el sitio justo para poner los pies. Es un festín glorioso, acompañado por diversas músicas de madera, coreadas a pleno pulmón y tamborileadas sobre los barreños. Y después, a las 20 horas, la navegación recomienza, siempre fácil y rápida, a través de una galería muy amplia. Finalmente, a las 22 horas 10, después de algunos accesos muy bajos, las frágiles embarcaciones tropiezan contra una bóveda en sifón. La distancia que enton ces les separa de la entrada, es de 9 km 200. La profundidad es de 285 metros. Esta cota es la de la superficie de la resur-gencia, en la Fontaine de St. Georges. La zona anegada de Padirac ha sido, pues, alcanzada; y el misterio del río subte rráneo ha sido desvelado, sesenta y tres años después de Martel, gracias a la constancia y a la tenacidad del hombre de Padirac, Guy de Lavaür. Y el equipo, unánimemente, bau tiza el nuevo y sensacional descubrimiento, con este merecido nombre: "Rivi è re de Lavaur" (Río de Lavaur).
El jueves, el equipo vuelve al vivac, a las 5 h. 30 y, después de 14 horas de sueño, se entrega a la rápida prospección de una larga galería lateral. El viernes, 25 de agosto, abandona el vivac a las 12 h. 45, para llegar el domingo 20 h. 45, a la zona límite de los turistas, después de un prolongado vivac de 13 horas junto al Gran Caos.
Lo que más sorprende en esta gran hazaña, es que la red conocida de Padirac fue doblada, mientras que el tiempo pasado bajo tierra se vio reducido a un tercio, con respecto a 1948. Esta enorme ganancia de rendimiento se debió a la preparación perfecta de la expedición, a la técnica de la progresión ultraligera y a la firmeza de los hombres que soportaron durante una semana la extrema incomodidad, la odiosa mugre arcillosa y la entrega casi inhumana a esta aventura, en el corazón de las piedras salvajes.
En Francia se han realizado otras grandes empresas subterráneas: la Hénne Morte, el Glas, la Sima Berger, la Sima o Gruta Lépineux y la Cigalére.
Siempre se encuentra un hombre -un equipo- entregado a la aventura subterránea, dispuesto a dar lo mejor de sus fuerzas, en busca de una aventura tal vez inútil. Entre estos hombres citaremos a Joly, de Lavaur, Chevalier, Trombe, Casteret, Loubens y muchos otros, todos ellos grandes nom bres de la noche subterránea, grandes hombres de Francia.
II. Monstruos antediluvianos y cavernas gigantes
Los americanos poseen el puente más largo del mundo (el San Francisco Bay Bridge), el edificio más alto del mundo (el Empire State Building), los mayores coches del mundo, la catarata más grande del mundo (en el Yosemite National Park), etc... Y sin embargo, la mayor caverna del mundo se encuentra en uno de los más pequeños cantones (Schwyz), de uno de los más pequeños países del mundo, como es Suiza. Se trata del Hólloch (Ojo del Infierno), con más de 70 kilómetros de galerías exploradas. Si los americanos no poseen "the biggest cave in the World", tienen, no obstante, un hermoso motivo de consolación: sus dos cavernas más importantes ocupan el segundo lugar. Son los enormes sistemas de la Mammoth Cave, en el National Park de Kentucky, compuestos, por una parte, por el conjunto formado por la Salt's Cave, la Crystal Cave y la Colossal Cave, y por otra, por el sistema de las Mammoth Cave, que se aproximan a los 60 y 70 kilómetros de longitud, respectivamente.
En fin, en 1964 se habían clasificado y descrito en Estados Unidos 11.791 cavernas y grupos espeleológicos muy activos siguen descubriendo otras nuevas cada año. Asimismo, los americanos se han convertido en verdaderos maestros en el arte de adaptar una caverna a las necesidades turísticas. En las Luray's Caverns de Virginia, los visitantes se extasían ante el Great Stalacpipe Organ, en el que unos martillos eléctricos resuenan como canillones sobre las concreciones melodiosas, cuya tonalidad es rectificada de vez en cuando por un marmolista afinador con una amoladora de diamante. En las Cumberland Caverns (Tennessee), se pueden escuchar coros infantiles resonando bajo las bóvedas del Volcán Room, mientras se degusta una ración de pollo frito a la "ketchup".También es en los Estados Unidos donde se explota más activamente el guano de murciélago, y se cuenta que desde 1903, los explotadores han hecho fortuna extrayendo de un pozo de 60 metros más de 100.000 toneladas de estos estimables detritus, en las Carlsbad Caves. En 1938 se habían censado más de 9 millones de murciélagos, pero el masivo empleo de insecticidas hizo descender su número a 400.000 en el año 1962.
Pero los Estados Unidos no son tan sólo el centro más activo del mundo en materia de comercio subterráneo. En dicho país también se practica la espeleología y del modo más serio y conspicuo. En Florida me encontré un día con los sorprendentes buceadores de unas cavernas, cuyas resurgencias vomitan cotidianamente más de mil millones de litros de agua tibia y límpida, a través de los laberintos de enormes galerías. Estos sifones gigantes han permitido realizar exploraciones hasta más allá de 100 metros de profundidad, frontera de la inmersión autónoma con aire comprimido, umbral impresionante que la inmensa mayoría de buceadores jamás se atreve a afrontar.
Jack Faver y Gene Vezzani han establecido una especie de récord en la resurgencia de Lost Spring, en Florida septentrional. La enorme caverna se esconde bajo la superficie de un pantano poblado de nubes de insectos e innumerables peces, e infestado de caimanes. Tres kilómetros agotadores de acarreo, a través de una jungla casi tropical, la separan de la más próxima ruta transitable.
En 1959, después de un primer reconocimiento que les condujo a -85 metros, Faver y Vezzani descubrieron un yacimiento de huesos humanos fósiles, enormes restos de mastodontes, y estalactitas que se hundían a gran profundidad.
Como sea que estas concreciones sólo se forman al aire libre, ello demostraba que dichas cavernas no siempre habían estado inundadas.
Pero semejante conclusión era contraria a las teorías geológicas más solventes, y los incrédulos especialistas no capitularon hasta recibir de otros buceadores informaciones concordantes respecto a las resurgencias vecinas.
En noviembre de 1961, Faber y Vezzani reanudaron su exploración. Aplastados bajo cien libras de material (cada uno llevaba dos escafandras monobotellas completas), atravesaron el interminable pantano cubierto por cincuenta centímetros de agua, sin poder sentarse ni descansar. Ya era de noche cuando se sumergieron en las aguas límpidas del sifón, en las que se cruzaron con miríadas de sargos, percas, peces chatos y anguilas, entre la fosforescencia esmeralda de las plantas acuáticas. A -22 metros, en el punto donde se abre la caverna, encontraron el carrete de nylon que habían utilizado dos años antes y desarrollado hasta una pequeña sala (R3), situada a -85 metros, atravesando otras dos salas situadas, respectivamente, a - 40 y - 62 metros (Rl y R2). Su objetivo era buscar nuevos accesos a partir de estas pri meras salas. Dieron lentamente la vuelta a Rl. Las colonias de peces les habían abandonado: tan sólo algunas anguilas de gran tamaño poblaban todavía aquellas profundidades.
Encontraron tres túneles, dos de los cuales abrían paso a una corriente notable. Desenrollando un hilo, que hacía las veces de plomada, y estaba sostenido por Vezzani a - 40 metros, Faver descendió con rapidez hasta - 53 m, aproximadamente. Los dos hombres regresaron en seguida a la superficie, después de algunos minutos de descompresión a 3 metros de profundidad.
En la oscuridad, entrechocaron con un tronco de árbol de apariencia carcomida que inmediatamente dio señales de viva impaciencia. El árbol era un caimán de muy buena talla y nuestros buceadores no se detuvieron en presentarle sus excusas.
Encontraron el montículo sobre el que habían dejado sus trajes y regresaron al vehículo llevando únicamente sus escafandras vacías. Al día siguiente, volvieron a su base, cargados con dos escafandras bibotellas, un carrete de nylon de 100 metros, lámparas de socorro, una pala de abrir zanjas, un flo tador construido con una mancha o fuelle para hinchar nemáticos, y otros accesorios. Suspendieron las escafandras bajo el flotador, en previsión de prolongadas descompresiones. Después, descendieron rápidamente hasta R1, donde de jaron su cinturón lastrado de plomo. El delgado hilo, cuidadosamente atado a una concreción fue desenrollado dentro del túnel hasta - 65 metros, donde se abría otra galería más estrecha. Faver se deslizó él solo a través de esta "gatera" sin poder evitar que se levantara una espesa nube de limo. A - 75 metros, aquella angostura desembocaba en una gran sala (A4), en la que Faver abandonó su carrete para ir a buscar a su compañero. Después, ambos recogieron el carrete y marcharon hasta el fondo de la cavidad, cubierta por un montón de restos de mastodontes. Faver advirtió que entonces se encontraban a — 85 metros y que habían pasado 16 minutos desde el comienzo de la inmersión. Cortaron su hilo, una de cuyas extremidades fijaron a un enorme fémur y remontaron rápidamente hasta la ramificación de la angostura, y allí dejaron su carrete. Siguieron la galería principal hasta Rl, donde recogieron sus cinturones lastrados, y después ascendieron hasta la cota -6 metros, para efectuar su primera descompresión, que duró 30 minutos. A -3 metros, encontraron sus botellas de reserva para hacer todavía otros 45 mi nutos de descompresión.
Al día siguiente, regresaron rápidamente al lugar donde habían dejado su carrete y siguieron el acceso principal desenrollando el hilo. El suelo estaba lleno de fragmentos de esqueletos de gamos y, a su paso, recogieron conchas fósiles cuya antigüedad se remontaba como mínimo a un millón de años.
A -95 metros, Faver se detuvo junto a un gran bloque. La aguja de su batímetro estaba calada al fondo de la escala y señalaba 300 pies de profundidad. En su ánimo oscurecido por la borrachera de las profundidades, adivinaba confusamente que era conveniente fijar el hilo en torno de aquel bloque. Pero cuando iniciaba esta maniobra, su lámpara se apagó. Preso de pánico, en medio de las tinieblas del espantoso laberinto, a casi cien metros bajo la superficie, in tentó desesperadamente encender el proyector. Luego se acordó que llevaba una lámpara de socorro. Después de unos segundos dramáticos consiguió encenderla y, abandonando el carrete, se dirigió sin pérdida de tiempo hacia la superficie. Su compañero no se dio cuenta de nada y, 10 metros más arriba, seguía buscando fósiles apaciblemente. Ambos terminaron esta emocionante inmersión realizando más de una hora de descompresión.
Según los informes que poseemos, nadie ha descendido más abajo en una caverna inundada y, con las técnicas actuales, es mejor que sea así.
La enorme experiencia de estos dos veteranos les permitió triunfar allá donde muchos habrían podido encontrar un final sin gloria. El exacto conocimiento de sus medios y de sus limitaciones es lo que define a un buen buceador.
Otra resurgencia de Florida, la Fontana de Wakulla, contiene, a profundidades tan impresionantes como la de Lost Spring, abundantes restos de mastodontes, manos y ciervos, y centenares de fósiles y flechas de hueso, que parecen ofrecernos la inesperada prueba de la contemporaneidad del hombre y el mastodonte. La emoción causada por este descubri miento se desvaneció, sin embargo, cuando en las resurgencias vecinas aparecieron importantes yacimientos de fósiles de hombres y animales, e igualmente ricos en objetos de otras clases, mucho más recientes y dispares, como una sartén de aluminio para freír, una cañonera de la época de la Guerra norteamericana de Secesión, y ¡tres motores de avión! A partir de entonces, cualquier montón de fósiles hallado en esta caverna pareció suspecto. Por qué, ¿de dónde proceden estos yacimientos fabulosos y anárquicos? Se ha invocado el concurso de violentas corrientes, que arrastrarían a los fósiles hasta lo más profundo de las cavernas. Pero también caben otras explicaciones.
Por ejemplo, se habla de las ceremonias funerarias de los aborígenes indios que poblaron Florida 2500 años atrás. Y se dice que, con el tiempo, y a merced de las susodichas co rrientes, las fontanas les habrían servido de sepultura. No obstante, se sabe que sus tumbas terrestres contenían piezas de alfarería, y lo cierto es que en los osarios subacuáticos jamás se han encontrado restos de barro cocido. Finalmente, se ha supuesto que los corrimientos de tierras han ido acumulando los fósiles en algunos lugares privilegiados. Pero lo único cierto, es que los poderosos cursos de agua subterráneos (que a veces disuelven varios centenares de materias minerales cada día) han provocado, hasta llegar a la época histórica, brutales transformaciones de tipo hidrogeológico.
En 1872, un lago de 8 hectáreas se secó bruscamente, encallando a varias embarcaciones y dejando atónitos a sus ocupantes por lo insólito del suceso.
En la actualidad, se ha demostrado que estas cavernas no siempre estuvieron inundadas. En ellas, algunos buceadores han observado formaciones de calcita, que los geólogos asi milan a las acumulaciones de toba que se desarrollan rápidamente en las aguas muy mineralizadas. Pero los cortes prac ticados en las muestras revelaron la presencia del canal axial, típico de las estalactitas que sólo crecen al aire libre. Por tanto, estas cavernas parece que han podido servir de refugio a los hombres y a la fauna gigantesca durante el comienzo del Cuaternario.
Al otro extremo de los Estados Unidos, en California, se iniciaron, en 1953, las primeras inmersiones espeleológicas e n el continente americano. John Lindberg, hijo del célebre a viador, atravesó un sifón y realizó varios descensos en una sala profunda, hasta casi 40 metros, a pesar de algunos in cidentes desagradables: rompió su careta, desgarró su traje impermeable, sufrió la borrachera de las profundidades, su cuerda se enroscó en estrechas fisuras... Pero todo esto sucedía en los comienzos de la inmersión subterránea y ama teur en los Estados Unidos, y no eran pocos quienes se aventuraban a construirse descompresores de fantasía, con los ma teriales más insospechados.
Las escafandras habilidosamente aderezadas con inhaladores de oxígeno concebidos para volar a gran altura, han causado múltiples ahogamientos.
Pero las cosas han cambiado mucho desde entonces. En 1961 y 1962, una gruta situada a unos 160 kilómetros al nordes te de San Francisco, en el Condado de Amado, fue explorada con medios cuya perfección era admirable. Estas inmersiones tenían por objetivo, además del descubrimiento eventual de una prolongación más allá de una galería inundada, la recogida de muestras de agua a diferentes profundidades, a petición -y por encargo- de la vecina ciudad de Volcano.
En el interior de la gruta se creó una compleja red de intercomunicaciones. La energía eléctrica era facilitada por un generador de 300 vatios. Dos circuitos telefónicos diferentes fueron empalmados a una estación central amplificadora. Uno de estos teléfonos unía al buceador con su asistente de superficie; el otro, aseguraba las comunicaciones entre el exterior y distintos puntos de la gruta. La potencia del amplificador permitió difundir todas las conversaciones a través de varios altavoces y registrarlas en cinta magnetofónica. De ese modo, cada uno de los espeleólogos estaba informado al instante de la marcha de las operaciones y se obtuvo la doble ventaja de que después pudieron ser estudiadas con el mínimo detalle.
Los análisis de agua se realizaron parcialmente en un camión laboratorio junto a la entrada de la gruta, y el pH, el porcentaje de CO 2 y la concentración de los iones CO3H- pudieron ser determinados inmediatamente después de las recogidas de muestras. Las concentraciones de los iones Ca ++ , Mg++ y SO4= se midieron más tarde en laboratorio.
Los resultados obtenidos son del máximo interés. Débiles circulaciones de aire en el interior de la caverna, mantienen una presión parcial uniforme de 0,003 atmósferas de CO2 sobre la superficie hidrostática (Water-table). Dicho valor, cerca de diez veces más elevado que el porcentaje atmosférico, es debido a la aportación de anhídrido carbónico (CO 2 ) de origen vegetal por el subsuelo.
Los análisis han demostrado que el CO2 disuelto se difunde lentamente desde la superficie hacia la profundidad. Se forma un gradiente de concentración, decreciente de arriba abajo. Conforme a las ideas de Swinnerton, es de esperar una penetración acelerada en las proximidades de la super ficie hidrostática, dado que la corrosión se ve favorecida por los altos índices de CO2. En efecto, en dicho punto se comprueba la extensión sobre todo horizontal de la caverna.
La investigación arqueológica en las cavernas de los Estados Unidos no ha dado resultados comparables a los tesoros paleolíticos del arte francocantábrico. Es casi seguro que las industrias humanas más antiguas, descubiertas en la Russel Cave (Alabama), no tienen una edad superior a 9000 años. Pero, en contrapartida, los bioespeleólogos americanos no van a remolque de sus colegas europeos. Tienen la suerte de disponer de los troglobios más grandes del mundo (sí señor) con el pez ciego Typhlictus subterraneus, que localiza a sus presas por las vibraciones que dispersan en el agua; el crustáceo Oronecte pellucidus, parecido a un enorme cangrejo blanco de 15 cm. de longitud, y la salamandra Typheotriton spelaeus que, contrariamente a su primo europeo, el Proteo (del que ya hemos hablado), alcanza la ma durez tras una última metamorfosis, que la convierte en ciega al soldar sus párpados.
En fin, mediante métodos que no desaprobarían los se manarios de escándalo, se ha llegado a averiguar las cos tumbres nocturnas de las langostas (o saltamontes) caver nícolas. Cuatro mil de estos desgraciados animalitos, capturados en una caverna subsidiaria de la Mammoth Cave, fueron impíamente pintados con diferentes colores previamente elegidos, y no según criterios estéticos, sino de acuerdo con las características de los hábitats. Tres mil fueron recuperadas y el 97 % de ellas no se habían movido de su "casa". Lógicamente, se llegó a la conclusión dé que estas langostas espeleólogas hacían gala de los gustos más pacíficos y hogareños. Causó verdadera sorpresa enterarse posteriormente de que una tercera parte de estos polícromos saltamontes abandonaban su caverna para darse un breve paseo al aire libre y regresaban sin error a su habitat de partida. En suma, ¡lo que se dice unos noctámbulos morigerados!
III. Un drama en los montes Tatras
El dramático relato que sigue, es característico de la atracción irresistible de la exploración subacuática de las cavernas. La Polonia salida de la guerra, separada política y financieramente del mundo occidental, privada de divisas extranjeras, no pudo procurarse equipos de buceo adquiriéndolos en los grandes centros productores mundiales.
Doce años atrás, aún no poseía las informaciones técnicas más esenciales. A pesar de ello, los jóvenes polacos querían descender bajo el agua, desafiando todos los obstáculos. Dos espeleólogos de Cracovia, Starzecki y Benhert, habían construido, en 1952, una escafandra con casco de tipo clásico, que les permitió franquear un corto sifón en la Gruta Zimna, situada en el Karst occidental de los montes Tatras.
Pero este equipo pesado, engorroso y poco cómodo, exigía ser alimentado con aire comprimido desde la superficie, revelándose desde el principio como un aparato de empleo pe ligroso en el seno de una caverna.
Por dicha razón, se concibieron y experimentaron diferentes ingenios, de las formas más diversas. Y en el corazón del invierno 1957-1958, el Club Alpino polaco se propuso, contando con el apoyo de espeleólogos buceadores, forzar nuevamente el sifón número uno de la caverna de Zimna, en un intento de marchar más adelante.
Las expediciones preliminares consiguieron neutralizar el sifón número uno, vaciándolo parcialmente en un pequeño lago, que se desarrollaba en pendiente. Entonces una breve navegación permitió alcanzar una galería salvando una sucesión de pozos escalonados que comunicaban con las partes superiores de esta amplia caverna. Más adelante, la galería conducía a una nueva masa de agua, dividida por un dique natural y limitada por todos lados por paredes que se sumergían profundamente.
Más allá del dique, tal vez se abría un nuevo sifón bajo la superficie del agua. La fecha de la expedición decisiva, se fijó para fines de diciembre, cuando el hielo reduce considerablemente la circulación de agua subterránea.
El veterano Wieslaw Maczek tenía que sumergirse con Stanislas Ogaza. El equipo que llevaban había sido concertado por ellos: dos botellas de 6 litros, unidas por un tubo de cobre y disponiendo de un descompresor de gas, de una pieza, provisto de una válvula de contrapresión (con el inconveniente de un chorro de aire que descendía de modo apreciable con la presión al interior de las botellas); y un traje estanco, construido a base de dos partes de delgado caucho, enrollado y cerrado en torno a la cintura.
El 28 de diciembre de 1957, W. Maczek, sumergiéndose en el pequeño lago situado enfrente del supuesto sifón, encontró, a 4 metros de profundidad, un paso inundado que conducía a un nuevo lago. Después de este reconocimieto pre liminar, regresó a la base.
El 2 de enero de 1958, se puso en marcha una nueva operación hacia el sistema hidrográfico desconocido. Eran las 15 horas. Maczek nadó varios metros por la superficie, y después se sumergió empleando la cuerda de seguridad. El agua estaba fría (4 o C) y se enturbió inmediatamente. A pesar de su lámpara estanca, penetró con algunas dificultades en el túnel. El paso era muy estrecho, y su cuerpo rozaba contra los salientes de las paredes y contra el mismo techo. Perdió uno de sus pies de pato al llegar al otro extremo. Entonces se encontró bruscamente desequilibrado y su es cafandra chocó violentamente con un saliente rocoso. Ascendió con rapidez a la superficie y se vio rodeado de abruptas paredes por todos lados. Simultáneamente, se escapaba de la escafandra accidentada el terrible silbido del precioso aire comprimido, huyendo por una brecha en el tubo de enlace con la boquilla. En estas condiciones, era imposible pretender continuar. Maczek tomó inmediatamente el camino de regreso, nadando mal que bien con un solo pie de pato. Su reserva de aire se agotaba rápidamente, y cuando volvió a la superficie estaba medio asfixiado. ¡Ogaza no estaba allí! Había interpretado un brusco tirón de la cuerda como una señal del buceador, y los dos hombres se habían cruzado, sin verse, en el estrecho corredor. Maczeck esperó un buen rato, pero Ogaza no regresaba. Tiró de la cuerda y ésta no ofreció la menor resistencia. ¡Estaba seccionada! No disponían de ninguna escafandra de reserva, y Maczek, presa de viva inquietud, intentó inútilmente, por dos veces, franquear el sifón a pulmón libre. Finalmente, se decidió a vaciar el agua del sifón, vertiéndola en la laguna situada al otro extremo del dique natural. Utilizando medios improvisados, tras vasó el agua al primer sifón y, de allí a un "ponor" (pequeño estanque) en pendiente, de donde era imposible volverla a evacuar.
Unos buceadores de Cracovia fueron avisados tarde, ya al anochecer, y no sin esfuerzo, consiguieron reunir su equipo y cargar las escafandras. A la una de la madrugada, encontraron un taxi para desplazarse lo más rápidamente posible hasta el objetivo, que distaba 120 kilómetros. Entretanto, desencadenó una tempestad y la carretera no tardó en quedar cubierta de una gran capa de nieve, que el viejo Chevrolet apenas podía franquear. Los buceadores penetraron en la gruta a las 5 de la madrugada, junto con un equipo del servicio de Socorro Voluntario de los montes Tatras. Cuando alcanzaron el "ponor", el agua casi llegaba al techo de la bóveda. En estas condiciones, franquear aquella masa líquida con un bote neumático, lindaba con lo imposible.
En el segundo sifón, el nivel del agua había descendido en unos 75 centímetros aproximadamente. (Se habría podido prever que era innecesario pretender vaciar, con medios tan precarios, un sifón que se abría hasta 4 metros de profundidad.)
El buceador Kuszilek, que era la primera vez que se encontraba en una gruta, no dudó en lanzarse resueltamente al interior del sifón.
Un prolongado silencio suguió a su partida, y así pasaron varios minutos de angustia. Finalmente, una luz difusa iluminó el agua fangosa. Kuszilek regresaba solo. En medio de un silencio mortal, se quitó la escafandra y dijo: "Sano y salvo. Todo está en orden."
Ogaza, transido de frío, hambriento y sediento, se mantenía acurrucado sobre una estrecha banqueta rocosa, a un metro y medio por encima del agua, Había perdido su lámpara, y su escafandra estaba averiada. Habían transcurrido veintiuna horas desde el momento del accidente.
No disponiendo dé equipos suplementarios, los buceadores acordaron renunciar a que Ogaza franqueara el sifón. Sin embargo, dispuestos a rescatarle, desplegaron un gran esfuerzo a través de Polonia entera. Buceadores de Varsovia se trasladaron a Cracovia en avión y, desde allí, fueron transportados hasta la gruta en coches de la prensa. Llevaban escafandras de oxígeno, mejor adaptadas a las condiciones de una operación de salvamento. Un bote neumático y una escafandra fueron rápidamente trasladados al otro lado del segundo sifón, junto con una lámpara para Ogaza. Se intentó h acerle llegar una ración de chocolate, que el espeleólogo accidentado no pudo atrapar, porque su banco rocoso se encontraba entonces a dos metros sobre el nivel del agua. Fue preciso construir una escalera rígida, que se hizo pasar por debajo del sifón y que fue izada contra la pared.
Dos buceadores atravesaron el túnel, para iniciar la fase decisiva del rescate. Después de un cuarto de hora de es pera, una serie de tracciones en la cuerda señalaron el regreso de Ogaza.
El cable comenzó a moverse, se hundió, se detuvo, volvió a desplazarse de nuevo y, al final, presentó una superficie llena de nudos. Reinaba una extrema inquietud cuando apareció una forma imprecisa resbalando sobre el fondo viscoso.
Se izó a Ogaza fuera del agua y un médico y una enfermera cortaron su traje de goma para darle un masaje y aplicarle una inyección de coramina. Después de dos días de reclusión, fue trasladado fuera de la gruta, mientras los miembros del equipo de socorro, agotados por 45 horas de tr,abajo ininterrumpido, se caían literalmente de sueño allá donde se encontraban. Ogaza explicó más tarde la sucesión de catástrofes que le habían impedido volver a su base buceando:
"Después de recibir la señal de Maczek, atravesé el sifón siguiendo la cuerda de orientación. Entonces, advertí que la cuerda ya había sido seccionada por un acerado saliente rocoso. Regresé a la superficie y, moviendo el reflector en todas direcciones, no vi a Maczek".
Después procuró subir al banco rocoso, donde le habían encontrado sus salvadores. Pero tuvo la desgracia de caerse hacia atrás, golpeando la roca con su escafandra. Inmediatamente, el aire comenzó a escaparse de sus botellas averiadas. Nadó sin tardanza, pero el aire se había agotado antes de que pudiera alcanzar la entrada del sifón."Debido a la estrechez del lugar, me vi obligado a agacharme para dar la vuelta. Pero me vi detenido en mis propósitos por la lámpara frontal.
"El reflector se había empotrado en una grieta de la bóveda. Me así al cable, y tiré con todas mis fuerzas para sacarlo de allí.
"Después de un lapso de tiempo que me pareció interminable, la grieta cedió y pude regresar a la superficie, medio asfixiado. Me encontraba en la oscuridad más absoluta. Nadé en redondo, tanteando en la pared. Al final, encontré un asidero y me deslicé hasta la banqueta."
Ogaza se instaló lo mejor que pudo, sentado sobre sus pies de pato. Se sentía sacudido por incoercibles temblores de frío, y gradualmente fue perdiendo la sensibilidad de los dedos del pie, de los propios pies y de las pantorrillas. Sus pies estuvieron expuestos a un grave estado de congelación. Después, sintió sed.
"Sentía el agua bajo mis pies, pero, sabiendo que su nivel había descendido, y que si abandonaba mi puesto ya no podría regresar a él, pasaba la palma de mi diestra por la pared y lamía el agua."
El desgraciado se calentaba un poco, orinándose en su traje estanco de goma.
"Al fin, después de unas 10 horas, apareció Kuszilek. No me acuerdo de lo que me dijo. A la luz de su reflector vi que me encontraba muy arriba sobre el nivel del agua. En seguida, mi estado físico empeoró. Me perseguían los espejismos y hablaba a mis manos, qué tomaba por camaradas. Lo peor era el sueño que me vencía. Para animarme, empecé a proferir gritos repetidos, lo cual me produjo vértigo. La tentación de saltar y de cruzar el sifón a nado pasaba por mi ánimo con fuerza creciente,. Pero se acercaba la hora del rescate. Llegaron Maczek y Korytowsky. Con su ayuda me dejé resbalar a través de la escalerilla hasta el 'dinghy' (bote neumático). Ya en él, me dieron cardiamida y me pasaron el aparato de oxígeno. En dos ocasiones tuve que proveerme de pesos suplementarios para equilibrarme. Finalmente, y ya bien lastrado, me dispuse a cruzar el sifón. Me acuerdo como si fuera un sueño de los gritos de alegría de mis ca maradas y de los cuidados del médico. No recuperé totalmen te la conciencia hasta el camino de regreso hacia la entrada de la sima."
Y Maczek y Unrug concluyen, por su parte, este relato:
"El accidente de Ogaza tuvo gran resonancia en toda la prensa polaca. Los periódicos publicaron descripciones detalladas y artículos agresivos, clamando contra los culpables. Pero al final, como suele ocurrir en estos casos, todo acabó por disiparse. Sin duda, la causa del accidente residía en las escafandras, y particularmente, en la debilidad de los tubos de cobre que enlazaban las bibotellas. Además, las circunstancias desfavorables causaron la rotura del cable de seguridad y contribuyeron a que las señales de Maczek no pudieran ser interpretadas por Ogaza.
"En el futuro, se ha resuelto proteger el regulador y unir las botellas con tubos más robustos y resistentes. Es justo destacar la resistencia física y psíquica y la insólita fuerza de voluntad demostradas por Ogaza, que vivió tantas horas en la más absoluta oscuridad y en una posición tan penosa. Enormes dificultades de transporte retrasaron el salvamento, cuya operación duró 70 horas. La entrada a la sima se encontraba a 300 metros sobre la carretera cubierta de nieve. La escalada de la pared de este talud abrupto y cubierto de hielo, era muy difícil. El recorrido subterráneo estaba erizado de las peores dificultades: angosturas, verticales, escombros inestables y corredores inundados.
"La acción de socorro constituyó una magnífica manifestación de solidaridad, de espíritu de sacrificio y de entrega de todos los que participaron en la misma: espeleólogos, buceadores o socorristas anónimos."